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Alfonso Colorado

El historiador y crítico Ernst Gombrich señaló que un crítico se calibra no por los artistas a los que reconoce como por aquellos a los que se niega a reconocer. Frente a la fuerza de los medios de comunicación o de la moda, Gombrich otorga un poder al crítico solitario: es el último bastión. Sin embargo, tampoco considera que sea todopoderoso. Observa que en la Europa de finales del siglo XIX, el crítico más informado no podía conocer a quienes marcarían el rumbo del siglo XX. Paul Cèzanne, enclaustrado en su estudio, creaba los cuadros azules que prefiguran la abstracción. Vincent van Gogh, en el pueblito de Arlés, al margen del circuito artístico, pintaba cosas que nadie compraba. Paul Gauguin exploraba un mundo de colores y formas en Tahití, una remota isla del Pacífico.

La inteligencia, la intuición, la experiencia del crítico están inevitablemente condicionadas por su entorno, por su tiempo, por su ubicación, por sus gustos, por su interés. Una extraordinaria obviedad, sin duda, pero olvidada a menudo.

Recordé las observaciones de Gombrich sobre la condición del crítico al conocer A toda crítica. Ensayos sobre arte y artistas de Robert Hughes. En un libro que se ocupa de Caravaggio, Anselm Kiefer o Diego Rivera, de inmediato me llamó la atención un título: “Jean-Michel Basquiat: Réquiem por un peso pluma”, escrito a la muerte de éste (por una sobredosis de droga) en 1988.

Basquiat ha sido uno de los artistas más reconocidos de las últimas décadas. Sus exposiciones en los centros más prestigiados, los estratosféricos precios de sus obras, su popularidad entre los estudiantes de arte, el reconocimiento de la crítica especializada, la escenifi- cación de su vida en el cine (Basquiat, 1996, de Julian Schnabel) lo han convertido en una leyenda. Hughes escudriña la obra del pintor, y llega a la conclusión de que, en efecto, tiene talento, pero nada fuera de lo común, por lo que se pregunta por las razones de su éxito. Lo explica así: “Primero la idea racista de lo negro como naif o rítmicamente inocente, y del artista negro como “instintivo”, al margen de la corriente cultural y, por lo tanto, no susceptible de ser juzgado por la misma: un animalito salvaje para los recién civilizados blancos. Segundo, el fetiche acerca de la infalible frescura de la juventud, floreciente entre los clubes con marcha del centro [de Nueva York]. Tercero, la obsesión por la novedad el envoltorio de aquello que solía llamarse la vanguardia, que ahora sólo servía a la necesidad de nuevos modelos efímeros con los que alimentar cada año los fogones del mercado. Cuarto, el paso de la crítica del arte a la promoción, y del arte a la moda. Quinto, la manía de la inversión en el arte, que abolió el tiempo de reflexión acerca de los méritos reales del artista de moda —jamás los críticos y los coleccionistas estuvieron más temerosos de perder el autobús que a principios de los ochenta. Y sexto, el insaciable apetito del público por el talento autodestructivo: Pollock, Montgomery Cliff. Toda esa porquería formó una bola pegajosa alrededor del pequeño talento de Basquiat, y le creó una reputación.”